AQUELLA BUENA COSTUMBRE DE INTERCEDER

Por Hugo Polcan

Los hombres no son islas

El avance de la tecnología digital global hace que la multiplicidad de los contactos entre los seres humanos haya alcanzado una envergadura inabarcable. La “nube” de las trasmisiones aparece como un todo que supera cualquier fantasía. Pero ese todo puede ser nada si se trata de mera comunicación mecánica entre humanos pero no relaciones verdaderamente humanas. El vínculo humano genuino supone atención del otro como persona, respeto a su dignidad, disposición afectiva favorable, registro de su identidad…y muchos contactos carecen de esas condiciones. Muy fácilmente, la comunicación en las redes se da en la línea del apuro y la instantaneidad en vez de la calidez; en el dominio de la superficialidad sin compromiso; o de la indiferencia, el desapego, la frialdad o el anonimato, si no de la agresividad. ¿A eso podemos llamarlo acción propiamente humana?  Ese es un mundo líquido, de contactos virtuales y computadoras que no sienten ni desean.

Y acostumbrados a esta clase de vínculos, es comprensible que cierto tipo de vivencias típicamente humanas: ternura, humildad, compasión…(1) vayan siendo arrinconadas hasta prácticamente desaparecer de la vida cotidiana. Una de ellas es la acción de interceder. Lo cual señala una pérdida en la calidad de nuestros vínculos con los demás.

El bien del otro

Llamamos intercesión al “hablar a favor de alguien para liberarlo de alguna dificultad o procurarle algún bien”. Lo cual implica una acción y una actitud favorable hacia el otro. Y en nuestro lenguaje, son del mismo género y frecuentemente sinónimos los términos mediar, abogar, terciar, arbitrar, intervenir…

Como ningún ser humano puede satisfacer por sí todos sus deseos y necesidades, en todo tiempo y en todos los pueblos ha sobreabundado la intercesión. Y basta tener una actitud bien dispuesta hacia los otros para reconocer que hay múltiples ocasiones para ejercerla, que por indolencia o indiferencia las dejamos pasar. Se dan mediaciones cuando una madre intercede ante el padre por un permiso difícil que el hijo solicita. O cuando entre amigos uno busca componer la relación entre otros dos en conflicto…hasta cuando una mediación de la ONU logra evitar una guerra entre dos países. La vida de las comunidades es una vida de intermediaciones.

Para apreciar debidamente el valor humano del acto de interceder, que es un acto solidario, es importante atender a las condiciones habituales en las que se desarrolla. El que intercede ha sabido atender a la situación del otro, desprenderse de su egocentrismo y ponerse en el lugar del otro. Denota capacidad de comprensión y compasión ante la necesidad ajena, a la vez que con frecuencia es el que toma la iniciativa de ayudar antes que se lo pidan. A su vez, es un acto de confianza: por parte del intercesor, que confía en la legitimidad del pedido y de la persona necesitada, y por parte de ésta, que confía en la buena disposición del intercesor por ayudarlo. ¡Qué fácil es resolver conflictos en ese contexto!

De todos modos, en su instrumentación es de tener en cuenta, dada la complejidad de la vida social, que interceder requiere tacto en el modo y oportunidad en el tiempo. Hay que atender al kairos, al punto en que la situación esté “madura” y sea propicia para intervenir. Tenemos expresiones en el habla popular como “meterse donde no lo llaman”, “quién le dio vela en este entierro”, “tra moglie e marito non métere il dito”, que dicen de “errores” en el intervenir. Por otro lado,  la psicología abunda en ejemplos de personas incapaces de ser ayudadas, y que hacen fracasar y desbaratan todo intento. O que con demasiada facilidad esperan ayuda. Por tanto: junto con la benevolencia del intercesor, siempre queda en pie el principio: “no hacer por el otro lo que éste buenamente puede hacer por sí”. Lo contrario, sería formar personalidades reacias a la madurez.

También, claro está, puede haber “mediaciones” ilegítimas o engañosas: cuando trato de “acomodar” a alguien no apto para un puesto a fin de que después él me beneficie; o cuando intervengo en una contratación tramposa para recibir la “comisión”… Eso se llama estafa, o coima, etc…. pero es la tergiversación del sentido de interceder y no pertenece al orden de la legitimidad.


La mediación

Por otro lado, es de señalar que existe en el ámbito jurídico un instrumento, la mediación, que acaso no viene siendo suficientemente valorada. Pero la experiencia muestra que una adecuada instrumentación de la misma puede ofrecer múltiples beneficios y ahorros cuantiosos tanto al Estado como a la población. Un juicio siempre implica desgaste de energía emocional, tiempo y recursos, que por otro lado suelen ser desproporcionados respecto de los magros resultados habituales. Una buena mediación siempre constituye un ahorro para todos y saca las cosas de la vía de la “cruda justicia” y las ubica en la de la “sensatez humana”.

En el orden religioso, la intercesión siempre ha poseído una importancia trascendental. En la tradición judía, Moisés es la figura del mediador que ruega a Dios y evita el castigo para el pueblo infiel.  Y en el pensamiento cristiano,  el sentido esencial de Cristo y de su obra es el de ser el Salvador que reconcilia a Dios y la humanidad 

La alta significación que la piedad popular le asigna a la intercesión la vimos reflejada en una escena que tuvo lugar hace unos años en un pueblito cordobés. Un joven le decía a un anciano casi nonagenario: “Ud. siempre fue un luchador por la justicia social; me imagino cuánto lamentará no poder hacer ahora lo mismo”. Y el otro contestó: “¡Ahora puedo más que en toda mi vida!..: ahora intercedo por los míos y por todos con mi oración”.

La intercesión pertenece a la esencia de la fe religiosa.

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E. Fromm: La revolución de la esperanza (pág 80-92 ) FCE – 1970

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