LA ESTERILIDAD NEURÓTICA

Por Hugo Polcan

La vergüenza de haber sido
y el dolor de ya no ser  (Gardel)

La realidad argentina es una incógnita para el mundo y para nosotros mismos. En el exterior se preguntan: ¿Qué le pasa a los argentinos? En la década de 1890 era uno de los primeros países del mundo por su PBI per cápita: hoy ocupa el lugar 75. Habiendo sido líder en Sudamérica, se muestra un país empobrecido y aventajado por sus vecinos. Parece estancado y agotado. Lleva casi un siglo en  un esfuerzo improductivo por encontrar un camino de desarrollo, tropezando siempre con los mismos problemas y repitiendo siempre los mismos errores.
Ese es un proceso que se puede modificar si logramos su adecuada comprensión. El punto esencial es entender que se trata de un fenómeno multicausado en el que  intervienen y se conjugan factores geográficos, económicos, políticos, sociales, históricos,  educativos y culturales. Se implican e influyen mutuamente. Justamente muchas veces se ha pretendido   encontrar el hilo del ovillo en uno solo de esos factores y se ha fracasado.
Una comprensión válida debe ser integral y en ella debe dársele el papel prioritario que merece al factor cultural.
Entendemos por cultura el estilo de vida de un pueblo. Y es una realidad que tiene una fuerza modeladora decisiva en la condición humana, capaz de transformar estructuras biológicas, históricas o ambientales. Hay rasgos culturales que pueden parecer algo heredado genéticamente y hasta hacernos olvidar que la vida es transformación y que la Historia nace cada día y en cada hombre que nace.
Se viene tropezando infructuosamente con la misma piedra intentando soluciones económicas, sociales o políticas cuando en la base de las situaciones hay cuestiones culturales sin resolver que alimentan los problemas.

Tierras distantes y pueblos diversos

Hay realidades originarias que han tenido un papel decisivo en la configuración de la Argentina.  Territorios inmensos con distancias desconocidas en otros países. Se trata de un país de dimensión continental: con un territorio de 3.700.000 Km2, el octavo país del mundo en extensión, con regiones en las que el clima, el suelo y la naturaleza de cada una bastaría para una nación, con vastas zonas desérticas o despobladas y con culturas diferentes, alejadas e inconexas.  Las distancias geográficas y culturales fueron un problema perpetuo que nos acosó desde nuestro origen, determinó la fragilidad de nuestra unidad como nación, debimos luchar contra ella durante toda nuestra Historia y aun hoy nos sigue siendo un obstáculo difícil.
¿Qué tenían de común el quechua del norte, el guaraní chaqueño, el ona patagónico, el huarpe andino, el querandí central? ¿Cómo unirlos con la población de Buenos Aires y el inmigrante europeo? Se requería una obra titánica, o tal vez fuera vista como imposible. Tal unión nunca llegó a consolidarse y aun está inconclusa.
Y se fueron dando transformaciones. Potosí, el País de la Plata y el Oro, hacía del noroeste una región relativamente próspera respecto de la región atlántica. Pero en cierto momento Potosí se derrumbó, por la guerra o porque sus yacimientos ya se agotaron. Y todo se invirtió. Hubo un giro de norte a sur. Ese norte no tenía otra salida que virar hacia el sur donde la aduana del único puerto era la principal fuente de recursos. El norte se empobreció y el litoral se enriqueció. Y esa desigualdad perdura.

Además, nacimos por casualidad, porque cuando la invasión napoleónica desalojó al Rey de España, la acefalía volcó la balanza ¡y nos vimos obligados a nacer!
Y configuramos una república con un federalismo difícil de sostener, acaso contradictorio: con una provincia rica y varias otras pobres.
La Revolución porteña fue vista desde el Interior como un colonialismo, lo cual dejó una huella indeleble. Y sufrimos desde entonces un ritmo de crecimiento desigualmente distribuido en lo regional: lento y titubeante en el Interior, más acelerado en el litoral, especialmente en Buenos Aires.
En un federalismo auténtico, la zona rica debe ceder algo a la zona pobre, pero no siempre aquélla ha estado dispuesta a hacerlo. Se trata de una cuestión que vemos en Italia y en España.  “En los tratados de paz siempre suele haber un ganador. La sabiduría del ganador debe consistir en forjar un equilibrio perdurable y hacerse cargo de los problemas del perdedor”. (1)  Debería haberse dado una sincera y leal “negociación”, pero en la práctica nunca se hizo.
Por otro lado, nos aquejó desde los inicios una desigualdad social que generó otro conflicto superpuesto al geográfico: la elite contra la plebe, ricos contra pobres.
Pero las mayorías nunca aceptaron un régimen político excluyente y siempre impugnaron las jerarquías de poder, riqueza y prestigio. Así se estableció definitivamente entre nosotros una sociedad movilizada y díscola. El caudillismo resultó un fenómeno de movilización popular, la primera participación política del pueblo. Se configuró una “democracia inorgánica” y una comunidad propensa ya por siempre a la división y el conflicto, signada por la violencia. Revivimos de continuo la tensión entre dos mundos. Cargamos con la cruz de una debilidad estructural y de una frágil organización. El mandato del Destino nos condenó a la ingente tarea de dominar a nuestros tres demonios: Distancia, Desigualdad y Violencia.

Carácter social y Ser Nacional  

La sociedad se organiza en torno de una constelación de valores que la caracterizan y le dan sentido a su vida social. Es comprensible, en consecuencia, que (en búsqueda de su cohesión interna) procure el mantenimiento y fortalecimiento de esos valores y, a la vez, la transmisión de los mismos a las nuevas generaciones. Necesita de ciudadanos cuyos rasgos resulten concordantes con los valores en cuestión. El mejor modo de lograrlo es hacer que los miembros de la sociedad aspiren a ser por motivación propia aquello que esa sociedad necesita que sean (que internalicen ese patrón cultural). Y para ello modela, a través del proceso educativo, el carácter social.

El carácter social, concepto esencial en la obra de E. Fromm, es el conjunto de rasgos caracterológicos que resultan comunes a los miembros de una sociedad por efecto del proceso educativo en el que están implicados. O dicho de otro modo: la constelación de actitudes acerca de los valores que se consideran esenciales en una determinada cultura. La China comunista buscará  generar unos y Dinamarca, por ejemplo, otros.
Ese es un proceso necesario porque es el que le permite continuidad a la existencia de la sociedad, sin el cual se desmembraría. Y es un proceso continuo e inevitable, en gran parte inconciente, porque es el proceso educativo que se realiza no sólo a través de la escuela sino del ámbito familiar, la acción política y múltiples entidades sociales. Por eso, cuando la dirigencia proclama ciertos valores pero los niega en su actuación concreta provoca anomia en la sociedad y neurosis en las mentes.

No podemos  hablar de un carácter social argentino homogéneo, sino que cada cultura regional genera el suyo. Y eso llamado por ciertas ideologías “Ser Nacional”, ensalzado como una entidad superior abstracta fijada por la Historia, que le quita su carácter dinámico a los procesos políticos y sociales y su dimensión humana concreta, no tiene basamento ni genético ni cultural ni social. Este tipo de categorías son intentos militaristas autoritarios amigos de la simplificación y poco tolerantes de la  diversidad.  

Neurosis de destino

En la dinámica cultural, hay cuestiones de índole psicológica que le dan sentido, significación y contenido a la misma. En una cultura tecnocrática, el individualismo y la competencia; en una comunitaria, la participación y la solidaridad.
Aquí nos vamos a centrar en la cultura de Buenos Aires. Como dijimos, no existe una única cultura argentina, cada región tiene la suya y su carácter social equivalente. Pero elegimos ésta porque en nuestro “federalismo unitario” la hegemonía del mundo porteño ha dirigido las decisiones políticas y el rumbo económico, de modo que exteriormente puede ser confundido como “el modo de ser argentino”.

Según la concepción de una psicología profunda, la figura paterna es símbolo de la ley, la realidad, el orden, la objetividad…  Aquí, en la estructura psicológica del carácter que nos ocupa, el lugar central parece corresponder a un conflicto de inmadurez adolescente con la autoridad paterna. Realiza repetidos intentos de liberación, pero fracasa, y desemboca en un estado emocional de frustración que lo ata al círculo neurótico rebelión – frustración – culpa y autocastigo, con su consecuente nuevo intento de rebeldía…etc. Y así se continúa su “neurosis de destino”: patológica repetición de desgaste estéril.

A esto se asocian rasgos concomitantes:
–  Estilo más individualista que comunitario. Modalidad social más bien a la defensiva, distante y poco confiada antes que abierta y dispuesta a compartir. Y no propiamente “simpática”.  Afectividad interior más oculta que expresada. Escondida inseguridad que busca compensar con aparente suficiencia y engreimiento. Matiz burlón.
–  Le cuesta la aceptación plena y llana de la realidad. Actitud de escasa apertura y objetividad. Estructura mental poco flexible y adaptable. Difícil aceptación de lo ajeno. Desconfianza hacia el extraño. Matices de terquedad. Resistencia al cambio.
–  Propensión a la pasividad. Tendencia a refugiarse en la divagación y la indolencia. Por tanto: improductividad y escaso realismo práctico. Inestabilidad afectiva y volitiva. Poca tolerancia al esfuerzo y la paciencia. Abandona rápido. Nada gustoso de la ley y el orden. Por algo Ortega y Gasset nos decía: ¡ Argentinos: a las cosas!…
– Como mecanismo de defensa contra el sentimiento molesto de frustración, fácilmente se cae en la idealización entusiasta de figuras redentoras, pero toda idealización está destinada al fracaso, por tanto falla y se transforma en decepción y denigración (“que se vayan todos”), con las consecuentes vivencias de frustración y resentimiento.
– El clima de violencia ya instalado desde los tiempos iniciales de la Nación, la carga de sufrimiento con que venía la inmigración que llegaba y la desvitalización que provoca toda esterilidad neurótica ha ido generando un trasfondo emocional propenso al pesimismo y al descontento en el que, soslayado y no atendido, el tema de la muerte, el destino y el matiz trágico poseen un papel significativo.(2)  De todos modos, por otro lado también un fondo religioso existe. 

Se trata de un carácter que se queja de la injusticia pero no sabe liberarse. Propenso al resentimiento guardado. Es incapaz de autonomía, pero no es feliz y se mantiene en el descontento. Aquí resuenan los ecos de E. Fromm con su “miedo a la libertad”. Es similar a la situación de esa “adolescencia prolongada” hoy de moda, renuente a abandonar el refugio materno y asumir la edad adulta.
Estos rasgos se hipertrofian en el gaucho de José Hernández, en los cuchilleros de Borges y en el tango de Gardel, algunos más que otros, pero con un telón de fondo común que aun hoy perdura.
En síntesis: somos un país adolescente que no ha terminado de abandonar su infancia y crecer, de débil contextura originaria y de organización aun poco lograda.  ¡Una República que tardó casi medio siglo para tener su Constitución!

Si tenemos cuestiones estructurales desfavorables de grandes dimensiones, si arrastramos un carácter social de fuerte carga neurótica y si los errores constantes nos  vienen encadenando  a un declive de retroceso creciente ¿queda lugar para la esperanza y el ánimo dispuesto?
No hay duda que contamos con un potencial aun no aprovechado. Y tenemos ejemplos de que la convicción y el esfuerzo sensato da sus frutos. He aquí una muestra. El primer censo nacional mostró la desigualdad de la alfabetización en la población. En Buenos Aires más de la mitad de sus habitantes estaba alfabetizado, mientras que en zonas rurales y en el Interior las cifras giraban alrededor de un 10 %. Pero entre la época de Sarmiento y la Primera Guerra pocos países incrementaron la tasa de escolaridad como la Argentina. Habiendo partido de un bajo nivel, en 1914 estaba en la mitad de la tabla de las naciones. Se hizo un gran esfuerzo, pero en vista de los resultados valió la pena.
Las actitudes de “No se puede”, “Es un esfuerzo inútil” y “Fue siempre así y siempre lo será”  son el producto de nuestra condición neurótica.
Pero la Historia siempre da sorpresas. Y además muchas veces los pueblos tienen un olfato natural que, como los rebaños, los lleva a descubrir los mejores pastizales.
Como se puede ver, todo esto requiere transformación. Y hemos visto que la educación, como la hemos descripto, es el proceso de cambio cultural que realiza toda la sociedad. He aquí el único camino. Los que esto leen tienen la palabra.

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