NEGACION Y RACIONALIZACIÓN

Por Hugo Polcan

La natural vulnerabilidad de la condición humana lleva al psiquismo a utilizar mecanismos defensivos que no siempre son sanos. Entre ellos, el más primitivo es la negación de la realidad. Todo en apariencia se  simplifica cuando se cree que un peligro no es real, o se actúa “como si eso no fuera cierto” o no se lo toma en cuenta… Muchas enfermedades devienen mortales porque el paciente se deja estar y considera que “no pasa nada”. Y con frecuencia, para fortalecer la negación, se recurre a la racionalización, que consiste en tratar de justificar algo con argumentos “razonables”, cuando el motivo verdadero es otro. Es clásico: “no voy a clase porque me duele la cabeza”.                                                                      

Al respecto, nos resulta sorprendente que en el debatido tema del aborto no se haya detectado suficientemente el alto grado de ocultamiento que encierra la cuestión. Cualquiera sea el posicionamiento sobre el tema, es innegable que se trata de una supresión de vida. Pero con una característica única: su posibilidad de invisibilidad.  En los genocidios, eliminación de ancianos o inválidos, agresiones, escraches, etc., el “objeto”- víctima es observable. Y aparece claramente como tal el atropello ético. En este caso, en cambio, ocurre “dentro del cuerpo de la mujer”. Se presta entonces al ocultamiento social, a “mirar para otro lado”, al disimulo… Opera el mecanismo de negación.  No es cierto que eso suceda cuando el aborto está penalizado y esto sea su causa. Cuando está jurídicamente permitido, existe igualmente una condena ética inconciente, que promueve el ocultamiento solapado implícito y genera la hipocresía de “tudo legal” pero con un caudal emocional reprimido.  Esto no ha sido suficientemente explicitado y ha pasado como inadvertido hasta por los psicólogos!… Y para neutralizar esa presión del inconciente aparecen las pretextaciones que son racionalizaciones, con expresiones como: “la mujer es dueña de su cuerpo”; “el aborto es una realidad”; “a veces un embarazo es una fuente de dificultades que afectan la salud de la persona, ya que la salud supone bienestar integral”.

Todo eso merece señalamientos. “La mujer, dueña de su propio cuerpo” es una expresión casi literaria, un poco altisonante, con resabios narcisísticos y un tanto omnipotentes, pero algo endeble de sustentación. La frase fija la atención en la madre y el hijo queda postergado y excluido. La realidad es que  el feto se desarrolla en el seno materno, pero sin fundirse su identidad biológica en una unión simbiótica absoluta. Si en el nacimiento se desprende, es que tiene cierta vida propia. De modo que en el aborto se actúa sobre algo al que no se le quiere dar identidad, pero la posee. Por otro lado, el aborto es una realidad social. Pero; ¿qué tendríamos que hacer con otras igualmente ”realidades sociales” como el femicidio, la delincuencia, las peleas, el bullying, el alcoholismo, la drogadicción… ¿También la “supresión” de los sujetos? Nos parece un argumento poco serio.

 Y el hecho de que “en la mayor parte de los países el aborto no está penalizado” no es motivo suficiente para tener que hacerlo aquí. ¿La corrupción o la injusticia social son “obligatorias” porque en casi todas partes existen?

 Del mismo modo,  el razonamiento de que la maternidad a veces viene a afectar  “el bienestar  de la persona, y que ésta tiene derecho a una salud integral”, resulta muy simplista.  Todos tenemos derecho a una “vida feliz”. Pero si cualquier inconveniente destruye la felicidad de una persona, lo significativo es que ésta carece de madurez.  El embarazo es un hecho muy especial, de inapreciable trascendencia, de valor reconocido desde los albores de la historia. Si el menor motivo y hasta la simple voluntad de realizarla justifica la interrupción del embarazo, allí hay indicios de inconciencia e irresponsabilidad. Una felicidad que implique el rechazo a la aceptación de toda molestia es egocéntrica y utópica.

Estos temas merecen una cuidadosa reflexión. Su seriedad requiere abordarlos con sinceridad, serenidad y sabiduría. Y con auténtico respeto hacia la persona que piensa diferente. Esta es una materia en la que ni lo supuestos “adelantos científicos” ni las “normativas jurídicas en boga” pueden reprimir la fuerza de las voces éticas profundas, que surgen, a través de la sabiduría de los pueblos, no de ideologías sino de la condición humana primigenia. Sería deplorable que, después del fuego cruzado por la cuestión del aborto, quede un saldo de disminución de la valoración de la maternidad. 

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