PENSAR CON SERIEDAD ALGUNA VEZ

Por Hugo Polcan

La educación es el arma más poderosa
para cambiar el mundo (Nelson Mandela)

Proceso necesario, constante y natural

Los sistemas educativos actualmente vigentes en el mundo han surgido hace 200 años.  Hoy, ni las culturas, ni las naciones, ni los estilos de vida son los mismos. En consecuencia, la educación ha perdido su brújula y ha dejado de cumplir su función esencial. En un mundo nuevo, y especialmente luego de  los cambios que provocará la pandemia, se requiere una educación nueva, transformada desde sus mismas bases.
Así, entre nosotros, vemos que la escuela argentina que hemos conocido a partir del proyecto de Sarmiento, aquélla educación común para todos, ya no existe. En algunos sectores, ha devenido galpón o guardería, y el maestro, asistente social. En otros, el alumno se ha convertido en consumidor digital, la institución educativa en empresa y los educadores en asalariados-administradores. El niño o el joven se ha convertido en usuario de la Red, desmotivado y aburrido en el colegio (1)  y el maestro y el padre casi no cuentan.  En consecuencia, la era postmoderna nos enfrenta a la necesidad de repensar la escuela desde las raíces de su significación, libres de la carga de preconceptos que nos resistimos a revisar.

Preferiremos no usar aquí el término “la educación” sino más bien el de “proceso educativo”, para facilitar pensarla no como “objeto abstracto”, sino esencialmente como “circulación dinámica concreta”.

Partimos del concepto de que una sociedad es un conjunto organizado de seres humanos con una vida en común, donde la cultura es su elemento integrador, aquello que la cohesiona y que le confiere identidad.  La sociedad es como un organismo (organización social) y la cultura es como su vida: la interacción de los integrantes, la comunicación que fluye, sus pautas de conducta, sus costumbres, sus símbolos, su lenguaje devenido idioma común y sus códigos que posibilitan la comprensión de las situaciones compartidas. La cultura es “el estilo de vida de un pueblo”.

Dentro de ese organismo que es la sociedad, hay células que mueren y otras que nacen. Pero si con la muerte se pierden integrantes del cuerpo social, con el nacimiento de nuevos individuos no se produce automáticamente el reemplazo de  aquéllos. El ser humano nace miembro de la especie, pero para integrar la sociedad humana necesita adquirir una cultura a través de un aprendizaje. En tal adquisición consiste el proceso educativo, un  proceso de humanización que nos permite lograr identidad personal, internalización de la cultura, rol de agente social e identidad política de miembro de la “polis”. Pero al mismo tiempo él resulta sostén necesario unificador de la cultura, porque brinda la continuidad histórica que asegura la supervivencia en la sociedad de lo específicamente humano. Y a su vez es el  agente del cambio sociocultural, ya que en ese proceso, durante el flujo dinámico de su circulación, la cultura se va transformando. En síntesis: a través del proceso dialéctico educativo, los seres humanos hacemos la cultura y la cultura nos hace seres humanos.
En nuestra cultura, la sociedad ha instituido a la escuela como el órgano especializado del proceso educativo formal e institucionalizado. Pero éste coexiste junto con el proceso asistemático natural que se da en forma espontánea, permanente y universal en todas las culturas, fuera del ámbito académico: en la familia, en las empresas, en las iglesias, en los cuarteles, en todas las organizaciones. Por lo cual los escenarios de la educación no son sólo las aulas: son la televisión, los diarios, las radios, las redes informáticas. Puede haber trasmisión cultural sin escuela, pero no puede haber sociedad sin proceso educativo informal.

El carácter social 

La sociedad se organiza en torno de una constelación de valores que la caracterizan y le dan sentido a su vida social. Es comprensible que en búsqueda de su cohesión interna, procure el mantenimiento y fortalecimiento de esos valores y, a la vez, la transmisión de los mismos a las nuevas generaciones. Necesita de  ciudadanos cuyos rasgos personales y mentalidad resulten concordantes con los valores en cuestión, que aspiren a ser por motivación propia aquello que esa sociedad necesita que sean (que internalicen ese patrón cultural). Así se genera, a través del proceso educativo, el carácter social.
El carácter social, es el conjunto de rasgos caracterológicos que resultan comunes en una sociedad por efecto del proceso educativo en el que determinados valores esa sociedad considera normales. Así, el carácter social guerrero que buscaba modelar la sociedad espartana en sus jóvenes difería del carácter social democrático que se proponía modelar Atenas. Así como el carácter social consumista que la sociedad de la globalización  financiera impone a través de la actual educación difiere substancialmente del carácter social de ciudadano al que aspiraría una sociedad normal, auténticamente democrática.

Asimismo, no podemos olvidar el hecho de que las distancias mismas de nuestro país, de La Quiaca a Ushuaia  y de Mendoza a Buenos Aires, ya hacen suponer que no es fácil una homogeneidad cultural entre regiones tan distantes. Y la realidad nos da acabada muestra de ese hecho y nos permite distinguir tres configuraciones culturales bien diferenciadas: la urbanidad de Buenos Aires y las ciudades importantes, el conurbano infinito y  el interior rural.  Y aun dentro de estas categorías encontramos subculturas con diferencias idiomáticas,  actitudes existenciales y estilos de vida con identidad propia: la población norteña, la de origen guaraní, el mundo cordobés, el cuyano, el austral…   Sin embargo, en la práctica tratamos de seguir  sosteniendo un mismo sistema educativo, como si eso garantizara la identidad de la “argentinidad”. Buscamos uniformidad cuando se trata de  integración de las diferencias. Somos un país curioso, atrapado por la contradicción: somos políticamente federales y educativamente unitarios, con culturas y subculturas que necesitan y merecen su propia educación.

¿Sócrates o Internet?

Pero ¿qué trasmite la escuela de hoy? Proporciona sólo conocimientos, y aun así deficientes, y ni siquiera  logra lo que antes se llamaba instrucción. Pero lo que se necesita es una formación del carácter del educando mediante la generación de actitudes y hábitos de conducta.
Por actitud entendemos la disposición de un individuo a actuar de cierta manera respecto de un determinado objeto (cosa, persona, grupo, idea, etc.). La actitud es previa a la manifestación de la conducta, es más estable y  duradera que ésta, tiende a dirigirla y le da sentido y orientación. Y posee componentes no meramente ideacionales, sino, en especial, afectivos y volitivos que modelan el carácter, el estilo de la personalidad.
Con los conocimientos se trasmiten datos, pero no formación personal; para eso es preciso adquirir actitudes, convicciones, hábitos de comportamiento. Por ejemplo: “una formación ética consiste no sólo en saber lo que es bueno, sino en el gusto por obrar bien, interiorizarlo emocionalmente, con la convicción de que es provechoso para mí aquí y ahora obrar así”.

Esto nos lleva a un planteo inevitable: si la escuela se ha desfondado en su sentido y si los cimientos de aquella Modernidad centrada exclusivamente en la razón y la ciencia,  fracasaron, no es posible ya simplemente reproducir las instituciones que no existen ni resucitar tal cual los valores que murieron.
Por otro lado, no podemos confundir modernización con globalización tecnocrática y consumista, que como aplanadora cultural pretende la uniformidad de los pueblos y desconoce diferencias culturales. Un “ciudadano del mundo”  absolutamente libre es un ser sin arraigo ni identidad personal, individualista, atado al consumo,  al vértigo televisivo y al conocimiento disperso sin sabiduría. Y tampoco la ingenua  distribución de  computadoras no es el camino capaz de rescatar automáticamente a los niños con hambre, sin cloacas y sin techo.
Estos desvíos nos han llevado a un actual estado de cosas del que los párrafos siguientes son una acertada ejemplificación:
“Los dispositivos digitales ofrecen grandes bancos de datos, pero nos desacostumbran del ejercicio de conectar e interpretar la información   (El alumno hoy) es  incapaz de recordar una sola estrofa o párrafo de alguna cosa y hasta se pregunta qué sentido tuvo memorizar el abecedario “si en el teléfono está todo”.  Hay una generación que ha dejado de ejercitar la memoria o la ha delegado en dispositivos digitales. Los alumnos tienen dificultades para recordar la letra del Himno Nacional y se llevan cada vez peor con las matemáticas, la ortografía y la gramática. La falta de memoria nos empobrece y nos limita; nos quita herramientas y nos dificulta la comprensión del pasado, pero también del presente y del futuro.
Ante una competencia cada vez mayor por captar nuestra atención, tenemos una memoria más dispersa, menos predispuesta a la concentración y la profundidad. Google es un gigantesco y fenomenal banco de datos, pero nos desacostumbra del ejercicio de conectar e interpretar la información. La memoria digital es una memoria ajena, que no vive en nosotros y que, aunque creamos “tenerla” en el celular o en la tablet, nos despoja de cierta riqueza interior, achata nuestros pensamientos y el diálogo con nosotros mismos y con los demás. La falta de esfuerzo para encontrar la respuesta disminuye, a la vez, el registro y la memorización de contenidos.  Es una escuela que se ha encerrado en las pantallas,  cada vez se escribe menos a mano alzada, la caligrafía es mala palabra y los apuntes en cursiva se reemplazan por grabaciones en el celular. La cultura no se nos mete en la cabeza, se almacena en un giga de memoria. Una sociedad con memoria frágil es, al fin y al cabo, una sociedad más vulnerable a la manipulación”. (2)

Se trata de entrar en una era postmoderna, pero no de libertad alocada y sin sentido, importada e impuesta, ni de “amnesia organizada”, sino con los medios de hoy pero revitalizadas por una metanoia  (transformación mental) saludable.
Para hacer inteligibles nuestros mensajes, debemos descifrar el código con que se mueve el carácter social del que, en esta globalización deshumanizada, ya no es alumno sino consumidor mediático, y desde él y con él ir encontrando códigos comunes. “Echar el vino nuevo en odres nuevos”. A la Cultura de la dictadura economicista será cuestión de oponerle, a través de sus mismas armas, la contracultura de la confianza, del respeto y la solidaridad. Se requiere reinterpretar la realidad y redefinirla dentro del marco de la actualidad, discernir cuáles valores tradicionales tienen carácter genuino y permanente e incorporarlos dentro de los instrumentos actuales, impregnando a estos de nuevos sentidos. Ni Sócrates sin Internet ni Internet sin Sócrates

La cuestión fundamental

De modo que la clave de la educación está en la pregunta: ¿qué valores y qué actitudes debemos trasmitir para lograr el carácter social que necesitamos?  La respuesta parece ser: Estimular la adquisición de:                                                                                                            Sentido crítico: autonomía mental, aprender a pensar por sí mismo, ser capaz de procesar la información. Revaloración del “sentido común” frente al cientificismo,  Capacidad de parresía griega: saber defender la verdad frente a la imposición de la fuerza.                                                                                                                                                                                                                     Sentido ético: criterios de respeto por el otro, de equidad y fraternidad y de aceptación de las diferencias. Valoración del mérito antes que el éxito.
Sentido político y social: criterios de igualdad democrática, de solidaridad y de compromiso social, conciencia del derecho y la obligación de participar de las decisiones que nos afectan. Identidad de ciudadano más bien que de usuario o consumidor.  “Sentido social es saber convivir, adaptarse a la sociedad, ser capaz de ajustarse a una norma renunciando a la satisfacción inmediata de un deseo”. ¡Y si, por ejemplo, los alumnos pudieran aprender desde el primario, el arte de la conversación y el diálogo en pos del consenso, con la disposición de escuchar, de poder dejar entre paréntesis por un momento la postura propia para ver las cosas desde la óptica del otro! “Es la materia que falta en la escuela” (Dr. Enrique G. Herrscher).
Sentido sapiencial: autoconciencia de la condición humana y de su carácter de persona, reconocimiento de la dimensión existencial de la vida individual (dilemas y conflictos), Principios de sabiduría de vida hacia sí y en la relación con los otros. Cultivo de la confianza, de la amistad y de los sentimientos humanos básicos. Sentido de la trascendencia.

El trabajo como desarrollo personal

La realidad nos muestra cada día que  “El hombre está hecho para descubrir el mundo y perfeccionarlo, y al mismo tiempo profundizar el conocimiento de sí y perfeccionarse, en un proceso cultural de progreso indefinido cuyo instrumento es el trabajo.  Con él, no sólo transforma la Naturaleza y la adapta a sus necesidades, sino que se realiza a sí mismo como ser humano. Desarrolla la creatividad y todas las habilidades y funciones mentales. Y al verse capaz de hacer algo que posee un valor y que es útil a los demás, fortalece su autoestima”. “En el camino hacia la madurez personal, la actividad laboral promueve la autodisciplina y la organización interna de la personalidad, la responsabilidad y la iniciativa, y la persona se hace apta para la interacción con los otros y la integración a grupos e instituciones. Al mismo tiempo, es el principal “organizador” de la vida de todos los días”.  ”Incide en nuestra autoimagen y en la imagen que los otros tienen de nosotros.  Y por su valor terapéutico, ocupa un primerísimo lugar en facilitar la salud integral de las personas, así como el desempleo resulta el enemigo más destructivo de la salud psicológica de una población. Trabajar confiere identidad social, a la vez que el hombre sin trabajo resulta  una especie de desaparecido social ”. (3)

Es cierto que el sentido del trabajo ha sufrido distorsiones y a veces se lo asoció solamente con “el “sudor de la frente”, con el esfuerzo y la fatiga, las tensiones, crisis y conflictos, la injusticia social…que la sabiduría popular lo acuñó en un término: “el laburo”.
En algunos enfoques ideológicos se habla del Trabajo como una entidad abstracta, económica o sindical, en la que pierde su esencia personal y se la reduce a una categoría sociológica. Pero ni el trabajo es una mercancía ni el hombre es un simple instrumento de producción. La persona humana es sujeto y no objeto de su actividad. Y el fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, en cuanto es su autor. El hecho de ser actividad de una “persona”, es decir de alguien consciente y libre, autónomo y responsable, le confiere al trabajo una dignidad especial. Posee en su misma esencia el valor de ser la obra de un hombre.
En un mercado consumista, anónimo y de sola especulación, todos los valores que hemos señalado son sencillamente ignorados. Y el mundo postmoderno, en su conjunto, con sus rasgos de incoherencia, superficialidad, inmediatismo  y banalidad, da la impresión de constituir un verdadero “atentado” contra el trabajo genuino. En las Empresas de nuestro tiempo parece faltar una “dedicación” seria y responsable a la tarea, vivida como algo que tenga sentido y que se justifique por sí misma, con independencia del prestigio o de la aprobación social.  Si se trabaja sólo por obligación, por necesidad económica, por lo que nos pagan o por  el status que nos brinda, no se puede vivir el trabajo sino con insatisfacción y como una carga  apenas tolerada.  Gran parte de las neurosis y otros trastornos psicológicos de la actualidad se deben a no encontrarle sentido a lo que uno hace.
Cuando se trabaja, se busca una utilidad o satisfacer determinada necesidad, lo cual  tiene su valor, pero el acto en sí, el despliegue de las propias capacidades, por sí mismo debería ser fuente natural de  satisfacción. Es una muy grata experiencia encontrarse con personas a las que “les gusta su trabajo”.  De allí surge el “espíritu de trabajo”, una disposición que entre nosotros prácticamente se ha perdido. Los antiguos consideraron el espíritu de trabajo, la “laboriosidad”, como una “virtud”, una cualidad que perfecciona al hombre. Y enfatizaron que “la pereza es un vicio”.

 Los pilares básicos del desarrollo

Como se puede ver, educación y trabajo son inseparables. Son los dos ejes del desarrollo humano y los dos pilares de la posibilidad del resurgimiento de cualquier Nación. Formación del carácter y espíritu de trabajo son inseparables y se requieren recíprocamente.

Esto es lo que está llevando al progresivo aumento de tentativas particulares de aunar estos componentes en una experiencia común. Prueba de ello es el crecimiento del voluntariado en sus variadas versiones, acaso poco denotado en los medios pero inocultable. (4)  Así como las diversas formas de experiencias comunitarias, que hoy también se multiplican, contribuyen al desarrollo del sentido de participación y solidaridad, rasgos imprescindibles de un carácter normal. (5)

Otro dato curioso es que el sistema de colegios residenciales, denostado en otro tiempo, parece reaparecer. Según uno de sus propulsores, James Belmonte Diver, director del St.George´s College, “esas instituciones funcionan como una pequeña comunidad y están floreciendo en todo el mundo: en una economía global, en que los padres se mudan de país con mayor facilidad que nunca, brindan estabilidad y un lugar para que los niños echen raíces, aunque su familia esté en constante movimiento.  Y ofrecen la increíble oportunidad de desarrollar la responsabilidad, la independencia y una mentalidad comunitaria, que a menudo falta en la vida de los jóvenes de hoy”.
Son todas formas de romper las ataduras de la escuela vigente, de suplir conceptos vacíos con experiencias sanas y de buscar una formación integral de la que hoy carecemos.

¿Formación juvenil integral?

La situación de la juventud argentina señala graves conflictos tanto desde el punto de vista de su madurez emocional como de su adaptación social y laboral.  Las cifras de deserción y fracaso académico, de desorientación y falta de inserción laboral, de drogas y delincuencia, de conflictos emocionales, familiares e interpersonales, etc., son prueba elocuente del estado de desintegración social.  Las estructuras socioeconómicas y culturales vigentes exigen del ciudadano capacidades y condiciones de adaptación cada vez mayores y se hace necesario satisfacer demandas que están hoy fuera del alcance tanto del hogar como de la escuela. No se trata sólo de una transmisión de conocimientos ni de capacitación en determinadas habilidades laborales, sino de la necesidad de una experiencia de trabajo y de vida en común donde puedan adquirirse hábitos y actitudes de convivencia que no se logran con clases sino con vivencias comunitarias.
En su época, la escuela única y obligatoria cumplió una función de cohesión social y de unificación ciudadana que fueron las bases de nuestra integración como País. Y el servicio militar, dentro de aquel contexto histórico, tuvo también su influencia en la formación ciudadana. En la actualidad, no faltan quienes están en la búsqueda de un camino que compense aquél vacío que no ha logrado reemplazo.  Inclusive ha surgido una propuesta, llamada “sistema de servicio cívico obligatorio” a los efectos de brindar una “formación integral” ajena a todo resabio militarista. Según ésta, “todo ciudadano/a, a partir de los 18 años realiza una experiencia de vida comunitaria y de práctica y capacitación laboral durante el período de 1 año,  en establecimientos destinados ad hoc y bajo personal civil designado al efecto. Está a cargo de una Secretaría de Formación Juvenil Integral, de carácter autónomo, compuesta por miembros de los sectores: estatal, educativo, político, sindical, religioso y de ONGs. Está abierta la inserción de establecimientos privados. Son objetivos principales del sistema: el ejercicio de una experiencia laboral, a la vez que el desarrollo de la capacidad de aprender a pensar, el sentido ético, la capacidad de integración social y convivencia, el espíritu de solidaridad, el sentido del trabajo, la autodisciplina, la conciencia social, la comunicación y el cultivo de las vivencias específicas de la condición humana. La distribución horaria y curricular estará repartida entre dos cuartas partes para Trabajo, Servicio social y Actividad física, una cuarta parte para materias técnicas y una cuarta parte para materias humanísticas.   El costo de inversión que supone el sistema fácilmente se compensará con el beneficio económico y el capital social que genera, a la vez que con el ahorro de los perjuicios que la situación actual provoca”.
Nuestra opinión es que las ideas que preceden no son de desechar de antemano y deben ser objeto de seria reflexión. Somos concientes de que las urgencias del presente reclaman decisiones de valentía. El sistema que mencionamos parece revolucionario, pero habitualmente las utopías de hoy son las realidades de mañana. Además, en otros países hay opiniones similares. Y no contamos con otras propuestas que sean mejores. Se tratará de empezar. Salvo que arrastremos la pobre convicción de que el problema no tiene solución.

La historia moderna demuestra a las claras que la fortaleza y el crecimiento de un pueblo se construye a través de la educación y del espíritu de trabajo. ¿Conocemos algún país próspero que haya logrado esa situación sin esfuerzo ni voluntad, sino gracias al puro espíritu especulativo…………………………………..

(1)Un lúcido enfoque del tema en Ignacio Lewkowicz y Cristina Correa Pedagogia del aburrido (Paidos Ibérica 2005)
(2) Luciano Román ¿Estamos dejando a los jóvenes sin el poder de la memoria? (La Nación 16 /3/ 2021)
(3) Extractado de mi artículo El trabajo como experiencia humana (Rev. Criterio – Enero 2020)
(4)El destacado valor del voluntariado y temas afines en Bernardo Kliksberg Más ética, más desarrollo (Tercera parte  pág 141-176) Edic Temas 2004  y Amartya Sen (Premio Nobel de Economía) y Bernardo Kliksberg Primero la gente  ( Cap. 11 pág 287 – 300) Edic Deusto 2007.
(5) Un encomiable ejemplo es el de María Nieves Tapia en CLAYSS Centro Latinoamericano de Aprendizaje y Servicio Solidario.

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