QUÉ TIENEN DE BUENO

La hora del kairos

La historia nunca se repite idéntica y en su devenir se presentan momentos trascendentales que señalan fines de época o cambios definitivos: “la realidad ya no volverá a ser como antes”  y, al mismo tiempo, son ocasiones que el proceso histórico nos depara. No siempre muchos de los que viven los sucesos tiene conciencia de la significación de ese presente, pero la sabiduría de los pueblos habitualmente sabe leer antes que nadie los signos de los tiempos.

Vivimos en una Argentina dividida. Pero ambas partes en conflicto han perdido. Si hubiera “vencedores y vencidos”, los primeros serían incapaces de reflexionar y de aprender de la experiencia. Pero como los gobiernos se miden por su capacidad para vencer el hambre de los pueblos y hoy la pobreza alcanza niveles insostenibles, todos han perdido. Pero estamos en la hora del kairos, como llamaron los griegos al “momento oportuno”: si el fracaso es asumido como para que lleve a la humildad, se abre la esperanza de reconstruir el país destrozado.

Existen intentos de explicar la índole de esta tóxica confrontación convertida en antagonismo irreconciliable. Y se ve la grieta como fenómeno político, o económico, o social…pero esas realidades son epifenómenos. Su esencia de base es cultural. Se oponen dos culturas (1), y como tales, cada una es el  conjunto de actitudes existenciales con las que se posicionan frente al mundo. Son las creencias, la mentalidad, la “filosofía de la vida” o la “cosmovisión” (weltanschauung) con la que  interpretan  la realidad, con la convicción de que tales conceptos son válidos y con ellos orientan sus conductas. Son formas culturales, estilos de vida y modos de ser que luego se traducen en otros ámbitos: políticos, sociales, etc. Sólo la convergencia en ese nivel hará posible la paz y el desarrollo; caso contrario, seguiremos “dando coces contra el aguijón”.

La compulsión a la repetición

La conducta humana muchas veces presenta rasgos que resultan incomprensibles, ilógicos y hasta ridículos. Una de ellas es la tendencia a repetir fracasos. Y la historia argentina de estos últimos casi cien años nos muestra una llamativa serie de fracasos sistemáticos.

Esa reiteración fue llamada por Freud “compulsión a la repetición” y la vemos a diario en personas que muestran una “colección” de relaciones de pareja equivocadas, conflictos familiares que se perpetúan por años, estudiantes que siempre vuelven a elegir mal su carrera…

La cosa es clara: si el diagnóstico de una situación es erróneo, la “solución” que se pretende no la resuelve, y fácilmente ésta se convierte en “el problema” (2) y al insistir, agravamos el conflicto. Tener una idea clara de la índole de la cuestión es lo que intentamos en estas líneas.

Por otro lado, las mentes rígidas y obsesivas persisten tenazmente en sus errores y así son las consecuencias. Porque si sé que sé, soy persona segura; si sé que no sé, soy humilde; si no sé que sé, pienso que no sé y estoy confundido; pero si no sé que no sé, pienso que sé ¡y soy un desastre para mí y para los otros!.. ¡Ay de los pueblos cuyos líderes no saben que no saben!…  

   Para resolver conflictos no hay que tenerle miedo al diálogo ni eludirlo. Si para supuestamente “preservar la paz” rehuimos confrontaciones,  nunca arribaremos a una paz duradera. Los conflictos se resuelven con la “reconciliación” de las partes. Pero ésta supone genuino reconocimiento de las propias fallas (no pretextación superficial o reconocimiento a medias) y de los daños causados.  Cuando los conflictos quedan como traumas sin elaborar, terminan enquistados en el inconciente colectivo y persisten en la memoria inexorable de la historia de las poblaciones, destilando interminable malestar mientras no se resuelvan.

Diferentes pero ¿incompatibles?

Los problemas conyugales son insolubles no cuando los cónyuges son diferentes sino cuando se hacen  incompatibles. Así también los pueblos.                                                                                                                       ”En nuestro país coexisten dos formas culturales que, ante la necesidad de rotularlas, llamaremos “de predominio racuional” y “de predominio emocional” , adjudicándole el carácter de una  aproximada y simplificada descripción y no como definición.

La primera muestra una acentuación del pensamiento y de la lógica, privilegia la planificación y tiene como meta el “bienestar”, el estado placentero de confort. El centro de atención preferencial lo ocupan  lo técnico – administrativo y la economía. Su concepto  más significativo sería el de Organización: eficiencia, productividad, orden, disciplina…

La segunda acentúa los aspectos interpersonales, los vínculos humanos, el trabajo y el ámbito social.  La aspiración está puesta con preferencia en  la felicidad afectiva y los lazos grupales. Atiende especialmente a la justicia social y su núcleo significativo central sería el de Pueblo.                                                                                                             

Por otro lado, estas dos modalidades culturales asumen dos diferentes posiciones éticas. A la primera corresponde la  Lógica de la Justicia, que atiende a la objetividad de las normas, está basada en los conceptos cívicos de igualdad y libertad y focalizada en los valores de la autonomía individual, los derechos del ciudadano, la “democracia” y las reglas generales que definen derechos y obligaciones de cada uno. Sul ideal de justicia es: “a cada uno lo suyo” y cada uno en lo suyo. El modelo del ciudadano es el de un individuo genérico “universal”, soberano y autónomo, que se supone toma decisiones racionales y actúa en la esfera pública como el campo de su preferente atención, siguiendo “la lógica jerárquica”.  Su fuerza motriz es la competencia y en la visión del mundo social el mantenimiento del orden, el “profesionalismo”, la racionalidad del funcionamiento institucional, la precisa organización del trabajo, el estricto cumplimiento de las normas, la eficiencia, la valoración de lo útil y la atención privilegiada a los resultados.                                                                                                                          A su vez, la segunda asume la Lógica de la Responsabilidad  Fraterna o Solidaria. Ve a los ciudadanos como interconectados e interdependientes, situados dentro de un contexto concreto, con vínculos fraternos y de respeto, reconociendo al otro como “persona”, con iguales derechos que uno mismo.  Más bien que a la “letra” de la ley, atiende a la diversidad de las necesidades humanas concretas y particulares de complementariedad y solidaridad propias de la condición humana.  Su fuerza motriz es la cooperación, atiende a la satisfacción de las necesidades de todos, despierta a la responsabilidad  hacia los otros y fomenta la respuesta activa frente a la necesidad ajena. Y su visión social es la de la comunidad de sujetos únicos y encarnados,  con un ojo crítico respecto de los privilegios y de la desigualdad en el goce de los derechos.

En vías de una mayor comprensión de la temática, es bueno distinguir luces y sombras de cada posición.(3)

Si asumiéramos una mirada intencionadamente crítica hacia la primera, diríamos que es de mentalidad individualista  y consumista, afín a la de la globalización; que atiende a las estructuras más que a las personas; que no valora como es debido la justicia social; que es economicista…   Pero una actitud favorable nos llevaría a coincidir con opiniones como: el progreso de la ciencia y de la técnica resultan un enorme beneficio para la vida humana; el respeto por las leyes y las instituciones aseguran la libertad individual y el orden ciudadano; la vida democrática nos inmuniza de los abusos del poder…

A su vez, una mirada crítica hacia la segunda, señalaría: que los regímenes populistas tienden a someter al pueblo a líderes autoritarios , con desprecio de las libertades individuales; que las reacciones emocionales fomentan los prejuicios de clase y los disturbios de la vida pública; que se engaña al pueblo con doctrinas y relatos falsos …  Pero si se asume una actitud favorable se descubren innegables valores:  que la atención a los derechos de los  desposeídos es la obligación perentoria de los gobiernos; que sin justicia social no hay paz ni libertad; que los vínculos de fraternidad son los rasgos más dignos de la condición humana; que la atención a las tradiciones puede favorecer la identidad de los pueblos y recoger una herencia sapiencial…     

En busca del camino

Pero de nada sirve un diagnóstico si no nos aproxima al remedio. El que aquí vislumbramos, lo podemos llamar: la Vía del Encuentro, Y es una ruta que tiene varios carriles:

Juntos desde abajo.  Las posiciones parecen irreconciliables. Pero ¿cómo nos pondremos de acuerdo si no nos conocemos? Y ¿cómo nos podemos conocer si no nos encontramos?

El encuentro debe ser próximo y personal, La comunicación por las redes no sirve. Se requiere poner el cuerpo, sentir cercano al otro, estar juntos, que sea un vínculo humano. Y ante todo, que la situación sea “que el pueblo  habla con el pueblo”, que sea dos culturas que se inculturan (4) mutuamente. Donde los gobiernos, los políticos y los dirigentes no son esenciales: es la interpelación del pueblo quien les indicará el camino.                                                                                                                                                                        

El diálogo es imprescindible.    Puede llamarse diálogo el intercambio de opiniones, libre y sincero, a través del cual, mediante la escucha del otro, cada uno pueda manifestarse y se intente arribar a conclusiones compartidas, aunque no se logren acuerdos.  Por tanto: no se trata de imponer mi posición ni convencer al otro sino conocerlo, saber qué piensa y cómo siente.

En el diálogo todos nos beneficiamos y enriquecemos. Y el contacto con personas de otras convicciones aumenta la posibilidad de confrontar y de alcanzar una mayor apertura mental. Todos poseemos la misma condición humana y por tanto hay valores que pertenecen a nuestra esencia y es lógico que los compartamos y profundicemos: el sentido ético, el orden y la justicia, el respeto y la aceptación del otro, la verdad y la sinceridad. Y la apertura mental y afectiva nos permite  liberarnos de prejuicios.

       Si estoy dispuesto a escuchar, es casi imposible que haya posiciones irreconciliables. Cada uno finalmente puede mantener su opinión, sentir que se lo ha escuchado, que las opiniones ha sido cotejadas y probadas, que el respeto no ha sido vulnerado y que se ha tenido la experiencia invalorable de haber podido expresarse.

 El diálogo no es tan fácil, porque supone el riesgo de tener que encontrarnos con ideas que nos disgustan y hace falta coraje para el contacto con personas o posiciones ajenas, diferentes u opuestas. Lo importante es saber que ningún diálogo es inútil.

El valor de la conversación. También existe el diálogo informal, cuyo objetivo es el encuentro mismo, sin agenda temática y sin pautas. Es lo que llamamos “conversación”, cuyo único requisito es que los integrantes, dos o más, estén juntos y se dispongan a “mantener  una conversación”, al modo de un encuentro entre amigos, una “charla de café”, etc., sobre “temas de la vida”.

 Ella ofrece ventajas inapreciables como instrumento de diálogo y de convergencia, de acercamiento y mutua comprensión. Ya el estar juntos genera vínculos, porque hace que se cumpla el principio básico de la teoría de la comunicación: es imposible no comunicar. Lo hacemos, aun sin darnos cuenta, con nuestra presencia, gestos y actitudes…. Y con ella se desarticulan errores y prejuicios. Hasta podríamos decir que uno no sigue siendo exactamente el mismo luego de una conversación. Parece sensato atender seriamente a esta vía, humilde en su apariencia pero muy profunda en su eficacia. Ella contiene una actitud invalorable: ser capaz de detenerse y escuchar. Algunos autores consideran que es el medio óptimo para el encuentro de civilizaciones.

Rescatar lo bueno. Dice A. Lincoln: “Cuando uno mira lo malo de los hombres con la expectativa de encontrarlo, lo encontrará”  Pero también eso es cierto con lo bueno. Y en el tema que nos ocupa resulta una cuestión fundamental adquirir la actitud sistemática de ver qué hay de bueno en las ideas del otro. No se trata de una mirada ingenua, o de “decir sí a todo para evitar problemas”, o de una insincera aceptación, sino de entender que, detrás de toda afirmación, se esconde algún deseo de verdad.  Comprender al otro no es no contradecirlo, sino valorar lo que tenga de positivo. Esta disposición derriba cualquier barrera defensiva por parte del interlocutor. Por ahí empieza toda reconciliación..

Potencial del voluntariado     Pocas cosas unen más a la gente que tener actividades en común, especialmente si está movida por un compromiso ético. De ahí que el trabajar juntos sea el mejor camino para el conocimiento mutuo y para la construcción de la unidad. Tal es el caso del voluntariado, de las ONG, etc. Este sector tiene un “poder de convocatoria gigantesco”(5), sus actividades en Argentina generan más del 2.5% del PBI y consiguen progresos sustanciales en educación, salud y desarrollo de Pymes. Se mueve fuera del mercado, impulsado por estímulos morales y se desarrolla cada día, pasando actualmente “de un voluntariado tradicional a un voluntariado transformador” (Thomson y Toro). Todo esto resulta prácticamente desconocido para nuestro medio, pero éste es acaso el terreno específico llamado a hacer cristalizar el encuentro cultural.

En síntesis, es de señalar la potencial concordancia básica entre las dos mentalidades y formas de vida, capaces de reforzarse mutuamente.  Como ya expresamos: mientras una modalidad pone el acento en la Organización, la otra lo pone en las Personas. A una le interesa el orden, la racionalidad, la jerarquía y la eficiencia, la otra atiende a los vínculos y al sentido solidario.  Una se focaliza más en lo “económico”, la otra, más en lo “social”.  Lo antagónico se resuelve promoviendo sus posibilidades de complementariedad.                                                                                                                                                               La integración producto de una mutua inculturación es el camino hacia un futuro venturoso. Acaso el resumen de todo el camino está en la regla de oro: Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos (Mat. 7.12)                                                                                                                                  

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 (1)   Loa sucesos de estos días nos confirman en nuestra convicción. La cuestión básica en Argentina y en Bolivia es en cierto modo de índole equivalente: choque de culturas sin un marco jurídico común aceptado. No hay ni “pacto fraterno” ni “pacto paterno” logrados, salvo, a lo sumo, un cierto consenso nominal. La diferencia está en que allá los alcances son de una tragedia sin medida.  

 (2)Ver: Paul Watzlawik y otros: Cambio (pág. 21) Herder Barelona (1993)

(3)Hemos tratado estos temas en: Iglesia, Kirchnerismo y Macrismo – Rev. Criterio (Julio 2019)                                            (4) Inculturación es el proceso de injertar una cultura en otra, de modo que produce la integración de aquélla en ésta.              Impregnar a una cultura de los valores de otra.

(5)Lectura recomendada: Amartya Sen y Bernardo Kliksberg: Primero la gente (pág. 287 – 300) – Deusto Barcelona (2007). También : B. Kliksberg: Más ética, más desarrollo – Temas Grupo Editorial  (2004) 

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