TEDIO Y DECEPCIÓN

La pandemia todavía está aquí. Inamovible, duradera, inextinguible. Cada tanto, las noticias desalientan las aspiraciones de presenciar su ocaso.  Cuando llegó, la mayoría  transitaba una vida aparentemente normal. Cumplía con las obligaciones diarias, ocupaban su atención la salud, el dinero del hogar, los temas familiares… y con diversidad de cosas ocupaba su tiempo y evitaba el aburrimiento. Y cada tanto, alguna preocupación interrumpía la tranquilidad y cortaba la rutina.  Se contaba con muchas cosas para combatir cualquier malestar o evitar la monotonía.  Y así, “se iba viviendo”, en una existencia de piloto automático.

La pandemia fue una bofetada cósmica que sacudió la vida en el planeta y derrumbó seguridades. Se incrementó el miedo a la enfermedad y a la muerte y sumergió la vida de todos en un presente sin previsiones. Una neblina de peligros e incertidumbres envolvió a  cada uno y como un cerrojo impuso limitaciones a su libertad. Se sintió algo así como si se paralizaran el tiempo, la vida y la realidad. Con el paso de los días todo se fue impregnando de una repetición rutinaria y de una atmósfera de vida encarcelada. Y el intento de escape en la tecnología, en Netflix, en las redes sociales,  el alcohol, las drogas… para huir del aburrimiento, resultó insuficiente y fracasó. Una invasión silenciosa de eso que llamamos hastío se llevó en su oleaje a millones de personas.
La patología de la depresión inundó los espacios de los consultorios psicológicos y puso en evidencia la raíz de los males. Las poblaciones experimentaron los resultados de un vacío existencial que las acosa y las insta a encontrar sentidos de vida saludables. Las personas se experimentaron faltas de condiciones para soportar suficientemente el miedo a la muerte, el encierro y las restricciones a la libertad. El tedio de una pandemia interminable se tornó insoportable y creció la rebeldía y la resistencia a las normas. Y el neutralizador esfuerzo televisivo de “no generar pánico” no logró ocultar la magnitud de la calamidad.

Los tres corceles

El hastío, tedio o depresión es un estado caracterizado por la sensación de malestar o fastidio provocada por la falta de interés por algo. Viene acompañado de desgano o aburrimiento e implica el estancamiento en un presente improductivo de dejarse estar.
Alguna vez se representó al tedio (o a la actual depresión) mediante la figura del “espíritu del mal “ conduciendo sus tres corceles: Astenia, Apatía y Abulia. O sea: – Falta de energía,  agobio, desvitalización. – Incapacidad de sentir, anestesia emocional, indiferencia afectiva,  desinterés. – Desgano, falta de voluntad, desmotivación.
Pero ésta es la faz expuesta del iceberg del tedio. Por debajo de la superficie subyacen realidades y significados que hacen más nítida su comprensión.
En ese estado concurren la angustia, los sentimientos de insuficiencia y soledad, la autoestima disminuida, el encierro en uno mismo y el aislamiento del mundo.
Absorto en su mirada egocéntrica, el que lo padece se hace impermeable hacia afuera y a la vez le resulta insufrible su interior de “afectividad sombría”. Se siente aislado, no sabe qué hacer con su vida y con su tiempo, se torna incapaz de hacer algo vital y no le encuentra gusto a la existencia (1). Y los intentos de diversión, de evasión de la realidad y de satisfacciones fugaces como bengalas no logran neutralizar la rutina de un vivir a la deriva.

Se desgasta mentalmente atrapado en sus pensamientos, con añoranzas del pasado y con preocupaciones imaginarias sobre el futuro, desatendiendo el presente. Fácilmente le disgustan los estímulos del contexto, lo cual le provoca una irritabilidad que se hace hábito, que expresa a medias pero que oculta un monto considerable de resentimiento, rencor y hostilidad.  Está enojado con el mundo.
Los intentos de ayuda que se le pueden ofrecer naufragan ante un aferrarse a su estado. Suele responder con enojo, renuente a todo cambio. Fecundo en quejas, en ellas muestra su ambivalencia: está resentido con su situación, parece pedir ayuda a través de ellas, pero en realidad no quiere cambiar ni desea que lo auxilien. Muchas veces, lo que causa impresión en los otros es su fuga de la realidad, la dejadez y despreocupación de quien no atiende ni siquiera a cuidarse a sí mismo y a evitar lo que lo daña.

El tema no es nuevo: ha despertado la atención de los pensadores desde los albores de nuestra cultura. Y la llamaron acedia. En la antigua Grecia, akidía significaba literalmente un estado de inercia, de insensibilidad e indiferencia,(2) de no ocuparse y de falta de cuidado.  Luego, los monjes cristianos usaron el término para definir una  variedad de  disposiciones psicológicas como la pereza y un estado espiritual de apatía y de tedio. Les impresionó el estado de inquietud e incapacidad para trabajar u orar y observaron allí el aburrimiento, el abatimiento y la amargura. Y no encontrando indicios de enfermedad física, la consideraran una “enfermedad del alma”.
En los tiempos modernos el término fue adoptado en obras literarias y conectado con la depresión. Cayó en desuso, pero a mediados del siglo XX, cuando el mundo civilizado se  enfrentó al horror genocida de dos guerras mundiales, el concepto de acedia ha vuelto a usarse.

El polo opuesto al tedio lo ocupa la sana disposición de asumir ante la realidad una actitud de estar abierto al mundo y a la actividad productiva, de interés por la vida, de sintonía emocional con los otros, de armonía hacia el contexto, de una visión favorable hacia las cosas y de involucrase responsablemente en buscar crecer cada día. Esto le falta al hombre de hoy.

La ilusión de una vida nueva

En la actualidad estaríamos en los límites de la pandemia. Se habla de “Omicrón como el final del Covid” y se va insinuando el comienzo de una nueva etapa.
Existieron miradas esperanzadas acerca de un mundo nuevo que pudiera surgir luego de la prueba. Se dijo que existían las posibilidades de salir mejores y que era una oportunidad.
Pero las poblaciones se encuentran hoy con el mundo de siempre.
No sólo eso: se topan con las enormes pérdidas de todo tipo que deja la pandemia. Hay sistemas económicos que se han derrumbado. El desprestigio inundó la política, con  gobiernos que han perdido la confianza de la población y han visto  debilitado su poder. Ingentes sectores sociales permanecen sumergidos en precariedades espantosas…
Al mismo tiempo, la egoísta e inhumana competencia comercial con las vacunas, la desconfianza entre naciones y la rebelión de multitudes incapaces de tolerar restricciones han puesto de manifiesto que permanece invariable el deficitario espíritu social de costumbre. Entre nosotros, por ejemplo, el mundo político persiste en desperdiciar energías atrapado en “enredos  de entrecasa” de deplorable nivel.
Predomina el desencanto y abundan la queja, el descontento, el resentimiento y el rencor larvado. Son actitudes que, según los psicólogos,  ponen en evidencia: intolerancia a la frustración, incapacidad para aceptar la realidad y carencia de fortaleza ante lo difícil. Allí están ausentes la serenidad, la confianza, la resiliencia y la paciencia. Lo lamentable es que éstas son imprescindibles.

Pero  ¿por qué íbamos a volver mejores? ¿La sociedad cuenta con recursos para una   recuperación vital? ¿Cómo puede enfrentar una realidad penosa un hombre acostumbrado a la evasión de compromisos y carente de fortaleza, que vive alimentado por una cultura consumista, por la superficialidad de la globalización y la secularización de criterios y costumbres?
La sociedad sufre una debilidad e inconsistencia de carácter que apenas le permite mantenerse en pie y en la que se ve amenazada la supervivencia.  ¿En esas condiciones puede asumir la crisis planetaria y sostener el timón de su destino? Y si la pandemia no resulta suficiente ¿qué otro sufrimiento necesita para que reaccione?                                       

El camino de búsqueda

Estamos expuestos a un círculo diabólico cuyo control se vuelve problemático: el tedio desemboca en decepción y la decepción incrementa el tedio. Y su desborde puede generar consecuencias imprevisibles en todo el orden social.
La disposición depresiva, por su índole antivital y perniciosa, falta de esperanza, genera una existencia tóxica. No han estado lejos de la verdad aquellos que la han rotulado “pecado contra la vida”. Mientras la humanidad no pueda dar respuesta a esta cuestión, le espera transitar un camino prolongado y penoso.

En consecuencia ¿no hay lugar para la esperanza? ¡De ningún modo! Según se nos ha dicho, como los rebaños tienen un olfato que los lleva a los buenos pastos, la condición humana tiene un sabio instinto que la conduce tarde o temprano al buen camino. Y no estamos solos. Pero comenzar bien significa tomar conciencia de dónde estamos  y cuál es nuestra realidad.

El problema de fondo es el vacío existencial. El renacimiento vendrá esencialmente de una renovación de la vitalidad. No de las recetas económicas ni de los cambios políticos ni de  las recomposiciones sociales, sino de una “transfiguración”(3) cultural, un cambio sustancial de criterios y mentalidades, fundado en una “filosofía de vida” sana y en una “conversión del corazón”. Porque para estar alegres hay que tener motivo para ello.

Una mente abierta y un espíritu fraterno nos salvarán. Remontar el tedio y el desencanto es el gran desafío de los próximos tiempos.

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(1)  Según E. Fromm, Hitler padecía de un terrible aburrimiento del que necesitaba huir a través de la acción, debido a su necrofilia (amor a la muerte), polo opuesto de la biofilia (amor a la vida).
(2)  En M. A. Espeche Gil – H. Polcan: Política para todos (Edit. SB 2011) expusimos en Fenomenología de la indiferencia (pág.256-7) que lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia y la importancia trascedente que tiene el tema para la vida social.
(3)  Término al que era afecto Desmond Tutu, arzobispo anglicano compañero de Nelson Mandela. Ambos fueron capaces de remover el apartheid africano. El vocablo es equivalente a metanoia o cambio sustancial de mentalidad.

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