EL COMPLEJO CAMINO DE EMIGRAR

Por Hugo Polcan

Le dijo Cruz que mirara
las últimas poblaciones
y a Fierro dos lagrimones
le rodaron por la cara.

(Martín Fierro)

El Síndrome de Ulises 

En la Odisea, el poeta Homero nos presenta a Ulises, el héroe de la mitología griega, que debe afrontar múltiples peligros lejos de los suyos, y que, pese a su condición de semidiós, padece enormemente.  “Ulises pasábase los días sentado en las rocas, a la orilla del mar, consumiéndose a fuerza de llanto, suspiros y penas, fijando sus ojos en el mar estéril, llorando incansablemente…” (Odisea, canto V, 150).

Fue el psiquiatra español Joseba Achoteguiquien acuñó el término Síndrome de Ulises. Es un cuadro psicológico que sufren millones de personas en el mundo y es conocido también como Síndrome de estrés crónico y múltiple, un fuerte malestar emocional de quienes  han tenido que dejar atrás el mundo que conocían. Habitualmente han vivido la separación forzada, el miedo a perder la vida en el camino, la lucha por comer cada día, las amenazas de las mafias…
Tiene poco que ver con el duelo migratorio clásico de nuestros antepasados, sino que está estrechamente relacionado con las condiciones extremas en las que viajan y viven muchos migrantes del siglo XXI. En España en su mayoría son latinoamericanos y subsaharianos, llevan entre 2 y 5 años allí,  son, sobre todo, adultos de 30 a 44 años y suelen ser el hijo o la hija mayor de la familia. Han viajado para sustentar a los suyos, muchas veces dejando atrás a sus propios hijos, y se enfrentan a circunstancias extremas que en ocasiones superan la capacidad de adaptación del ser humano.

Poner nombre a lo que padecen esos hombres y mujeres visibiliza la terrible realidad en la que viven unas 800.000 personas en España, y contribuye a no banalizar  su existencia.  Se hace necesario humanizar la atención sanitaria y prestar atención a las emociones y vivencias del desamparo y la soledad. Esas personas no padecen un trastorno mental, pero sí un cuadro de estrés severo. Definirlo puede evitar que se les diga que no tienen nada a quienes sufren de forma terrible, o que se los diagnostique como depresivos. No son personas con ideas de suicidio, sino que luchan por vivir, son proactivos y tratan de mantener la esperanza. Pero atravesar un estrés tan intenso y prolongado tiene consecuencias cerebrales, hormonales, musculares… y es lógico que padezcan insomnio, migrañas, ansiedad, tristeza y una multitud de síntomas.
Esto sucede en casi todos los países de Europa. Y la gravedad se acrecienta en los casos de los refugiados, de los que huyen de la guerra, etc.
Hay que acabar con los mitos sobre la migración. Son personas como nosotros y no semidioses. Como a Ulises, les ha tocado luchar contra la soledad, el miedo o la desesperanza. Es cuestión de que cada uno trate de abordar lo mejor que pueda su Odisea particular.

Vicisitudes de un proceso psicológico

En la historia de cada persona hay sucesos que implican cambios profundos de la vida. Emigrar, además de ser un hecho, un suceso, es un proceso de significativa importancia psicológica. Aunque en muchos casos la migración puede suponer más una solución que un problema, nunca es un proceso fácil. En la vida de quien emigra todo cambia de golpe. No solo deja atrás a los amigos o a la familia, sino también el paisaje, los olores, (1)  la lengua, las costumbres… Y, como consecuencia de ello, la migración transforma la propia identidad y supone hasta un cierto planteo acerca del propio “yo”: quién soy y quién quiero ser.Requiere una comprensión de su  complejidad. Nuestra identidad se construye en la interacción y comparación con los otros, donde juegan la identificación con los grupos de pertenencia y al mismo tiempo  la diferenciación en cuanto personas.

Para adaptarnos a las diversas situaciones asumimos, mayormente de modo inconciente, diferentes identidades: de padres, profesionales, ciudadanos… Por tanto, uno “es diferente” y actúa de otro modo si se está en el propio país o en el extranjero. Y entramos en conflicto interno si algunos de los roles se oponen. Por ejemplo: si yo, porteño, quiero tomar mate en España y los demás se ríen.

Con el emigrar, todos estos temas se reactivan. Mi identidad personal y mi identidad social deben complementarse y armonizarse, pero mi necesidad de aceptación puede hacer que mi adhesión al grupo menoscabe mi autonomía personal.  La necesidad de que los otros digan “es de los nuestros”  ha hecho traicionar muchas identidades personales. Ser capaces de diferenciarnos ayuda a encontrar nuestro auténtico rostro.

La persona debió abandonar su país, su cultura, su modo de vida, sus amigos, su familia, su tierra y el clima, la cultura, el habla, el estatus y todo lo que le fue significativo. No se trata sólo de adaptarse, sino de volver a crear nuevos sentimientos de pertenencia, amigos, etc.;  volver a sentirse feliz en su nuevo país. Entender la trama de emociones que allí se movilizan es esencial para detectar los mecanismos necesarios para ajustarse a la nueva sociedad. 

Una parte importante del proceso es aceptar que aquello se ha perdido. Con todo, la pérdida no siempre es absoluta: en muchos casos, la alternativa del regreso no es imposible.

Hay quienes hacen una prueba para ver si se adaptarán y pasan un tiempo en el lugar de destino. No estamos seguros que eso garantice los resultados. Más bien lo vemos como un ensayo de un rol no del todo real. Una cosa es ser turista, por unos meses, con lo bienes intactos en su país y con la total facilidad de la vuelta y otra es la vivencia de la realidad del desprendimiento definitivo. Acaso se requiera no menos de dos años en el nuevo lugar para una definición duradera.

Al emigrar se va pasando por diferentes fases, que se repiten cíclicamente según las crisis y los conflictos de personalidad de cada uno. En ese encuentro de dos culturas, puede idealizarse todo lo nuevo y verlo maravilloso, especialmente si lo que dejó no  permitía esperanzas. E identificarse fuertemente con el nuevo ámbito y detestar al anterior. Con el  tiempo, un mayor realismo permitirá ver que no todo es fácil y nada es ideal y que tal vez se  sobrestimaron las expectativas, pero lo hecho tuvo sentido.

Tras las primeras fases de adaptación, se comienza a reflexionar sobre el futuro a mediano y largo plazo, sobre un posible proyecto de vida. Son momentos críticos en los que se debe tomar decisiones, a veces existenciales: tener hijos, cambiar de profesión…  Inclusive: qué quiero ser. La cuestión de volver y no quedarse, o quedarse y no volver, genera dudas, emociones encontradas y sentimientos de pérdida. Si la decisión es quedarse, el volver ya quedó atrás y se sabe que, si se volviera, no todo seguiría como antes. Allí se comienza a elaborar productivamente la pérdida.
También puede darse el revalorizar románticamente la cultura de origen: integrarse a asociaciones de argentinos, hacer cursos de literatura rioplatense, buscar  connacionales como refugio nostálgico…

El proceso es recurrente y progresivo, con reflexiones, con idas y venidas internas. Y así se va configurando una nueva identidad interior. El camino es único: no existen dos recorridos iguales.

Integración en la diversidad

La llegada de personas inmigrantes supone en sí amplios beneficios culturales, sociales y económicos para un país. Pero en el proceso de adaptación sociocultural, el inmigrante tiene que realizar un esfuerzo que en muchos casos conlleva desajustes psicológicos y emocionales. El estrés  producido por el cambio y el abandono de los referentes culturales tradicionales por otras formas de vida, con frecuencia genera  trastornos psicosomáticos que lamentablemente son poco reconocidos.

Se debe atender a las experiencias previas que trae cada inmigrante. El tipo de personalidad y los conflictos psicológicos no se transforman al poner pie en un nuevo lugar sino que tendrán una influencia decisiva en el modo de adaptación e integración social, en cómo elaborar el duelo y la restructuración de experiencias.
Debemos dar por sentado que una cierta cuota de ilusión e idealización ha llevado a la decisión de emigrar. Caso contrario, nadie migraría. Pero de ahí se deberá ir transitando no a una decepción o desilusión sino a un realismo objetivo, contento, agradecido, optimista y pacificado.  

Con frecuencia se hace prioritario fortalecer la  formación profesional para afirmarse y ascender en la escala social. El no desempeñar profesiones y trabajos para los cuales se está calificado puede generar serios estados de frustración y desembocar en  procesos depresivos.
Las necesidades psicológicas más importantes no se resuelven únicamente con un trabajo o una residencia estable, sino con lo relacionado con el bienestar y la salud mental. Además, se hace deseable que sepan vivir como una misma familia la que quedó en su país  y la construida en el país de acogida.  Y al no tener allí  redes de amigos y familia que contribuyan a reducir el impacto del estrés cultural, es necesario que  cuenten con algún tipo de apoyo social efectivo.  Las embajadas tienen allí un importante papel que cumplir con los suyos. Se requieren espacios sociales de aceptación y reconocimiento a sus necesidades culturales, económicas y espirituales.

La salud mental de los inmigrantes es una condición necesaria para su plena integración en la sociedad de acogida. No basta  con que conozcan la nueva cultura y los modos de vida del nuevo país, sino que es necesario que sientan bienestar y pertenencia en la sociedad  en la que han decidido vivir. Es el complejo proceso de transformarse de turista en habitante. De este modo se podrán convertir en personas felices e integradas en un país que puedan amar como al propio. Sería esa la condición saludable de la integración.
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 (1) En la obra teatral Made in Lanús un personaje expresa “la nostalgia del olor de Lanús”. Cada lugar tiene su olor característico y esto juega un papel en el inconciente del migrante, aunque él no tenga conciencia de ello. Las huellas mnésicas del olfato se vinculan con estratos profundos del psiquismo. En el bebé el olfato es primordial.

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